Cuatro décadas después de su debut como prodigio adolescente a mediados de los 80, Nikolai Lugansky se ha situado entre los grandes pianistas del siglo XXI. Poseedor de un equilibrio admirable entre virtuosismo y expresión, su crecimiento desde que fuera alumno de la gran Tatiana Nikolayeva ha sido asombroso. Los álbumes que ha dedicado a los grandes compositores rusos (Chaikovski, Rajmáninov, Prokofiev) son referencias absolutas, pero en su repertorio hay también espacio para versiones definitivas de Schubert, Chopin, César Franck o Debussy. El sello que distingue su estilo es una naturalidad que desborda inteligentemente esa técnica sin la que nada sería posible.