Kurt Weill tenía tanto talento y sensibilidad que brillaba con la misma intensidad en sus óperas más políticas (siempre con la colaboración del dramaturgo Bertolt Brecht) y en sus musicales más livianos, que le llevaron a Estados Unidos en el tramo final de su carrera. Berlinés exiliado en París, figura mal vista por el nazismo y genio precoz tanto por su rapidez para debutar como por su temprana desaparición, Weill dejó para la posteridad obras memorables como La ópera de los tres centavos (1928) y musicales como El lago de plata (1932) o Knickerbocker holiday (1938).