El movimiento minimalista supuso, en los años 60 y 70, una auténtica revolución por el uso repetitivo de células musicales de aparente simplicidad para crear partituras de efecto hipnótico. El californiano Terry Riley fue uno de los principales pioneros de esta corriente, que combina extrañamente lo simple con lo complejo, en un resultado de belleza deslumbrante que trasciende el ámbito de lo clásico. Gracias al influjo de la música india y del jazz, su obra adquirió mayor libertad para la improvisación en un marcado afán de ampliar la consciencia musical del oyente y trasladarlo a regiones espirituales inefables.