Orfeo ed Euridice

Wq. 30 · “Orfeo y Eurídice”

La de Orfeo y Eurídice es probablemente la historia más célebre del mundo de la ópera, gracias a un protagonista, Orfeo, que encarna como pocos el poder de la música. La obra de Gluck posee una sencillez que refleja su intención de reformar las prácticas escénicas de principios del siglo XVIII, orientadas a la exhibición, para convertirlas en algo más asequible sin “interrumpir la acción ni sofocarla con ornamentos inútiles”, tal y como él mismo solía decir. Estrenada en 1762, en Viena y en italiano, la ópera sigue a lo largo de sus tres actos el clásico mito griego de un Orfeo quien, tras la muerte de su esposa Eurídice, recurre a la música para llegar al inframundo y rescatarla. Los dioses se lo permiten, siempre y cuando sea capaz de sacarla de allí sin mirar atrás. A pesar de sus esfuerzos, fracasa y ella vuelve a morir, pero los dioses se muestran conmovidos por su desdicha y acceden a devolverle la vida. Originalmente interpretado por un castrato, el papel principal se adaptó para tenor alto cuando la obra se reescribió en francés para una producción estrenada en París en 1774. En la actualidad suele ser interpretado por un contratenor o por una mezzo como “papel con calzones”. Uno de sus momentos vocales más destacados es el lamento de Orfeo en el tercer acto, “Che farò senza Euridice” (Qué haré sin Eurídice), todo un clásico en su género que suele servir para juzgar la labor de su intérprete junto a otro lamento del primer acto, “Chiamo il mio ben così”(Así invoco a mi amada), y el delicioso “Che puro ciel” (Qué cielo tan puro) del segundo.

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