Gymnopédies
Oníricas, enigmáticas y emocionalmente neutras, aunque para muchos oyentes impregnadas de una tristeza infinita, las tres Gymnopédies para piano de Satie suenan a oídos modernos como precedentes de la música ambient de la new age, con un diseño sonoro meditativo que se sitúa en un segundo plano de escucha, como el tic-tac de un reloj. La comparación se ve reforzada por la descripción de su obra como “música de mobiliario” que hace el propio Satie. Sin embargo, la intención exacta de estas obras resulta tan misteriosa como su título, un nombre inventado y probablemente inspirado en antiguas ceremonias griegas. Su música sugiere un vals en trance que surca a la deriva tres piezas relacionadas entre sí, cuyas indicaciones de interpretación definen como “dolorosa”, “triste” y “grave”. Todas ellas comparten un tempo lento y exploran un tema y una estructura comunes, aunque desde diferentes puntos de vista. Escritas en 1888, poseen una provocadora sencillez que desafía el complejo dramatismo de gran parte de la escritura romántica para teclado del siglo XIX. Lo que se escucha en todo momento es básicamente una melodía modal, amortiguada por la calma de una mano izquierda que se mueve con suavidad, oscilando entre las notas y los acordes de una mano derecha fuera de compás. Hipnóticamente repetitiva, ha influido sin duda en compositores de vanguardia muy posteriores, desde John Cage hasta los minimalistas. En la época de Satie, impresionó a Debussy lo suficiente como para que este orquestara la Gymnopédie n.º 1 y la Gymnopédie n.º 3.
