
- SELECCIÓN EDITORIAL
- 1989 · 26 pistas · 1 h 45 min
Sinfonía n.º 3 en re menor
Solo un talento de la talla del de Gustav Mahler podría haber alumbrado de forma consecutiva dos sinfonías corales tan imponentes y a la vez tan diferentes entre sí. Su Sinfonía n.º 2 narra una historia profundamente personal y llena de vaivenes, que parte de una cruda visión de la muerte y culmina ennobleciéndola con el consuelo de la resurrección. La Sinfonía n.º 3, por su parte, hilvana una sucesión de enormes cuadros que arranca con uno de los movimientos sinfónicos más largos y extraños jamás compuestos. La naturaleza en su estado más puro, tal y como Mahler la contemplaba en las impresionantes cumbres y los espacios abiertos de sus amados Alpes, deja paso a un estridente himno con gran profusión de texturas que el propio autor bautizó como “La llegada de la primavera”. Tras él se suceden cuatro movimientos cortos. El primero de ellos es una danza ligera y floral que conduce a un alegre y al mismo tiempo delicado scherzo, en el cual se aprecian ecos lejanos de una corneta de posta. A continuación, un cautivador arreglo para contralto y orquesta sobre un texto de Nietzsche se convierte en un himno a la noche y los misterios de la vida, tras el cual un coro de voces infantiles narra la traición de san Pedro a Cristo y su posterior perdón. El broche final lo pone un soberbio “Adagio” para orquesta que, pese a lo angustioso de algunos pasajes, culmina en un radiante himno. Mahler quiso darle un título a la sinfonía y redactó complejos programas para explicarla, aunque finalmente decidió, quizás con buen criterio, confiar en que el público fuese capaz de interpretar la obra por sí mismo y limitarse a definirla como una “ascensión” desde la naturaleza inanimada hacia el amor de Dios.