Sonata para piano n.º 32 en do menor
Beethoven terminó su última sonata para piano en enero de 1822, justo , antes de volcar todo su talento creativo en los cuartetos de cuerda tardíos. El primer movimiento comparte con la Sinfonía n.º 5 y la Sonata para piano n.º 8, conocida con el sobrenombre de “Pathétique”, la tonalidad turbulenta en do menor. El agitado impulso de la música avanza entre acordes disonantes, texturas de fuga y graves estruendosos antes de disolverse en un reflexivo tema en la bemol mayor. El final se suaviza de la mano de una neblina en do mayor de la que surge la extraordinaria “Arietta”. Al igual que la Sonata para piano n.º 30, esta desemboca en un conjunto de variaciones sobre un tema con aires de himno que parecen suspender el tiempo en un aura de trascendencia. Sin embargo, aquí solo hay dos movimientos, que muchos han percibido como la encarnación de la dicotomía entre el mundo real y el místico (el “aquí” y el “más allá”, en palabras del gran pianista Edwin Fischer). El tema va cambiando de carácter, aunque nunca de tempo, y culmina con una serie de trinos que recorren el espectro completo del piano provocando el efecto de una ascensión al cielo. Cuando sus editores se interesaron por el tercer movimiento, Beethoven se justificó explicando que no había tenido tiempo de componerlo, seguramente una excusa como otra cualquiera para responder a una pregunta absurda. A primera vista, podría haber sido razonable esperar el patrón habitual de dos movimientos rápidos separados por uno lento, pero es difícil imaginar qué música podría completar un viaje de tal profundidad espiritual.
