Sinfonía n.º 4 en si bemol mayor
Op. 60
Los primeros nocturnos que publicó Chopin, reunidos en el Op. 9 de 1832, toman los de John Field como punto de partida, sobre todo en su decisión de anteponer la expresión al virtuosismo. El primero de los tres establece las señas de identidad del género, una melodía flotante sobre arpegios espaciados, resplandor lírico y una sonoridad de contornos suaves en la que el pedal tonal es decisivo. Como contraste, la sección central es dulcemente obsesiva y la música adopta tonos más oscuros antes de un regreso abreviado del tema inicial. La línea melódica del comienzo y el final es esencialmente operística en su ornamentación. Y aunque Chopin no fue el primero en trasladar la ópera al teclado, nadie, ni siquiera su admirado Hummel, integró sus elementos vocales en la música de una forma tan plena. Acerca de los nocturnos de Chopin A comienzos del siglo XIX, un nocturno era habitualmente una pieza vocal, a menudo para dúo, escrita para animar veladas domésticas con plácidas ensoñaciones de carácter romántico. John Field, un irlandés afincado en San Petersburgo, fue el primer compositor en incorporar el género al piano, una idea que Chopin adoptó para llevarla a sus límites expresivos. Chopin nunca perdió de vista los orígenes vocales de la forma y el bel canto de la ópera italiana es una influencia clave en sus 21 nocturnos, que, a diferencia de los de Field, ocupan todavía un lugar de honor en el repertorio para piano.
