
- SELECCIÓN EDITORIAL
- 1984 · 3 pistas · 27 min
Concierto para piano n.º 23 en la mayor
K. 488, KV 488
Los conciertos para piano de Mozart no solo nos acercan a su fascinante mundo creativo, sino también a su prodigioso talento como pianista. Son, a fin de cuentas, piezas escritas originalmente para sus dedos, los mismos que llevaban asombrando al público europeo desde su primera gira, cuando a los seis años tocaba las piezas más intrincadas con las manos cubiertas por un paño negro. En 1786, cuando compuso su Concierto para piano n.º 23 en la mayor, K. 488, Mozart ya era el pianista más famoso de Austria. Sin embargo, para mantener satisfecho a su voluble público vienés, sabía que tenía que componer un éxito infalible. Fiel a su estilo, huyó de la espectacularidad (las trompetas y los timbales no aparecen en toda la partitura) para sumergirse en el radiante encanto melódico de la orquesta de cuerda, con una flauta y parejas de clarinetes, fagots y trompas como únicos acompañantes. Resulta revelador que fuera uno de los cinco conciertos (los otros cuatro son los comprendidos entre el n.º 16 y el n.º 19) que Mozart consideraba escritos “para mí y un pequeño círculo de melómanos y entendidos”. El celestial adagio central es uno de sus movimientos más conmovedores y el único de cientos que escribió en fa sostenido menor.