Réquiem en re menor

K. 626, KV 626

El Réquiem de Mozart es uno de los monumentos supremos del repertorio coral, pero sigue siendo un misterio. Un noble excéntrico lo encargó de forma anónima en memoria de su joven esposa en 1791, cuando el compositor se encontraba enfrascado en la composición y los estrenos de La flauta mágica y La clemencia de Tito, esta última escrita en solo 18 días y estrenada en Praga, donde posiblemente contrajo la enfermedad que lo llevó a la muerte. De nuevo en Viena, Mozart redactó la partitura de gran parte del Réquiem, pero pudo orquestar solo las primeras páginas. Las partes vocales de la secuencia intermedia (que representa el juicio final) y el ofertorio estaban en su mayoría escritas, pero permanecieron sin orquestar a su muerte el 5 de diciembre. La tarea de completar tan lucrativo encargo recayó en última instancia sobre su asistente, Franz Xaver Süssmayr, quien terminó las secciones que quedaron incompletas y compuso de nuevo el “Sanctus”, el “Benedictus” y el “Agnus Dei”. Sin embargo, su labor ha sido históricamente criticada por ser desigual y técnicamente algo torpe, hasta el punto de que se ha cuestionado en qué medida Süssmayr se basó en las supuestas instrucciones o bocetos de Mozart. Por ello, desde la década de 1970 se han realizado varias tentativas por mejorar su trabajo, aunque es en gran parte gracias a la compilación original del afligido discípulo y amanuense en 1792 que el Réquiem permanece entre las obras más veneradas del maestro austriaco.

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