Este álbum reúne dos de las mejores obras de cámara de Robert Schumann en versiones que recuperan instrumentos, usos y estilos de la Alemania de mediados del siglo XIX. Aunque el fortepiano Erard de 1851 que toca Alexander Melnikov es nueve años posterior a las partituras, establece un diálogo de igual a igual con las cuerdas que sería imposible con un piano moderno. El alma de estas grabaciones, sin embargo, está en sus intérpretes, solistas por derecho propio, pero absolutamente democráticos en su forma de abordar la música. Todo suena meticulosamente caracterizado, especialmente las nubes oscuras que recorren el programa en sus momentos más inquietantes, pero es imposible no destacar la melodía de violonchelo del primer movimiento del Quinteto, que Jean-Guihen Queyras transforma en una confidencia íntima y conmovedora.