Durante décadas nadie imaginó que Chopin hubiera compuesto sus 24 Preludios con la idea de que se tocaran uno detrás de otro. A fin de cuentas, un preludio tiene la función de introducir otra pieza. No fue hasta que el compositor y pianista Ferruccio Busoni comenzó a interpretar la serie completa a comienzos del siglo XX que la práctica se hizo habitual. Ahora, Mao Fujita arroja nueva luz sobre las monumentales partituras de Chopin acompañándolas de dos obras diferentes pero también complementarias: las fulgurantes 24 miniaturas de Scriabin y una serie no menos fabulosa de Akio Yashiro.
El proyecto del pianista japonés entronca con la radicalidad de la idea original de Chopin. Por encima de todo, celebra la infinita variedad de estilos del formato, de piezas basadas en melodías y secuencias de acordes simples a otras de aterradora dificultad técnica y artística. “Para mi álbum anterior, grabé las sonatas para piano completas de Mozart, así que este es muy diferente”, explica Fujita a Apple Music Classical. “Me gusta ponerme retos y descubrir cosas nuevas, y estos preludios de Chopin, Scriabin y Yashiro, que a menudo no pasan de uno o dos minutos, no tienen nada que ver con las sonatas. Pasé cerca de tres años trabajando en mis versiones de Mozart y después tuve que centrarme en el nuevo reto que representaban estos preludios”.
Chopin compuso sus preludios en 1839, medio siglo antes de que un Scriabin todavía adolescente empezase a escribir los suyos. Yashiro solo tenía 15 años cuando firmó su serie, un logro considerable no solo por su edad, sino también porque Tokio, su ciudad, aún estaba recuperándose del mayor ataque aéreo de la Segunda Guerra Mundial. Hasta su publicación en 2022, los Preludios solo circulaban como fotocopias del manuscrito original. “Sentía muchísima curiosidad y compré la primera edición en cuando salió”, recuerda Fujita. “Ya tenía a Yashiro en mente cuando empecé a pensar en mi siguiente grabación”. La idea de combinar 72 preludios de tres compositores, entre ellos uno apenas conocido fuera de Japón, tiene algo de sueño irrealizable, pero el pianista convenció a todos los implicados con una metáfora culinaria. “Chopin es el pescado y Scribain el arroz”, explica. “Una comida muy típica, pero Yashiro pone el wasabi, que es la sazón de álbum”.
La historia de los Preludios de Yashiro comienza con la decisión del gobierno japonés de introducir la música occidental en el país a comienzos del siglo XX. El joven compositor se enamoró del repertorio durante su infancia y pasó la guerra escuchando las retransmisiones de la Orquesta Sinfónica de la NHK en la radio. Fujita se reunió con su viuda, que le habló de la pasión de Yashiro por Chopin. “Es una persona encantadora y me contó muchísimas cosas sobre él”, recuerda. Tras terminar sus estudios en el Conservatorio de París con Olivier Messiaen, Yashiro escribió únicamente cinco o seis obras de envergadura, entre ellas conciertos para violonchelo y piano y una sinfonía, antes de que un infarto terminase con su vida en 1976.
“Yashiro dedicaba muchísimo tiempo a cada pieza, a veces toda una semana para una sola frase”, dice el pianista. “Sin embargo, escribió los Preludios de forma más torrencial. La influencia de Chopin es evidente, por ejemplo, en la armonía del número 23 o los arpegios del 9. Pero también hay mucha esencia japonesa en las partituras, especialmente la escala pentatónica”.
Fujita extrae las líneas melódicas de las tres series de preludios y sus líneas de bajo sin perder de vista el mecanismo interior de cada pieza. “Están llenos de contrapuntos maravillosos, especialmente los de Chopin y Scriabin, donde a veces son más importantes que las voces principales”, comenta. “Cada uno tiene su propia personalidad, color y pianismo. Descubrí que Scriabin es completamente diferente a Chopin y que Yashiro no tiene nada que ver con ninguno de los dos. Es un proceso apasionante”.