En el verano de 1819, Beethoven salió de la biblioteca del archiduque Rodolfo de Austria con un montón de partituras de Johann Sebastian Bach bajo el brazo. Esta visita encajaba con un patrón de aprendizaje que lo acompañó toda su vida, desde sus estudios infantiles de los preludios y fugas de Bach hasta el minucioso análisis de su complejo contrapunto. La última grabación de Víkingur Ólafsson explora los múltiples hilos de influencia que conectan a Bach con la Sonata para piano Op. 109 de Beethoven, la primera de sus tres últimas sonatas para piano. El programa del pianista islandés también establece paralelismos entre dos obras exquisitas en mi menor: la Sonata para piano Op. 90 de Beethoven, compuesta cuando este estaba en sus cuarenta, y la Sexta Sonata para piano de Schubert, compuesta durante su adolescencia.
La idea del álbum surgió de la profunda inmersión de Ólafsson en las Variaciones Goldberg de Bach, obra que llevó de gira y grabó a lo largo de un año entero. Interpretar este monumento de la música clásica occidental le hizo reflexionar sobre cómo el proceso infinitamente sutil de variación en la música refleja el de la vida y la naturaleza. Durante la búsqueda de su siguiente proyecto discográfico, sintió la presencia de las Goldberg en las sonatas tardías de Beethoven. Decidió, sin embargo, no grabar las tres a la vez, sino situar la Op. 109 en el contexto de Bach y Schubert.
“Pasar un año con Bach ha recalibrado mi forma de pensar en la música”, cuenta Ólafsson a Apple Music Classical. “Ahora escucho todo de forma diferente, más polifónicamente. Se me ocurren más ideas que antes y percibo la textura de la música de un modo completamente distinto. La música para mí es casi como un teatro de marionetas, donde todas las voces están vivas. Eso es lo que hace Bach. Para mí, la textura se vuelve mucho más biodinámica, mucho más orgánica, como un mecanismo vivo. Eso sentí al tocar las piezas de este álbum”.
La caracterización de las líneas contrapuntísticas de Bach que hace Ólafsson da un espíritu independiente a cada una. Sobre todo, su interpretación de la Partita n.º 6 tiene una vitalidad que trasciende cualquier debate sobre prácticas históricas. “El ‘Corrente’ es muy jazzístico”, dice. “¡Es algo tan moderno! Y a pesar de la revolución romántica en la música de Beethoven, sigo pensando que, en este álbum, Bach se impone en términos de modernidad. Hace cosas increíbles aquí. Escucha la ‘Gigue’. ¿Un compás de cuatro con ese tipo de disonancia? ¡Es increíble!”.
Ólafsson señala cómo su perspectiva sobre la Op. 109 de Beethoven cambió mientras trabajaba en la Partita de Bach. La Sonata, compuesta en 1820, termina con un tema exquisito y un conjunto de seis variaciones en las que el contrapunto al estilo Bach tiene un papel destacado. “Es muy interesante tocar la Op. 109 después de Bach”. El segundo movimiento, añade, parece una tarantela barroca. “Aquí escribe una textura barroca muy intensa a tres y cuatro voces. Lleva algo de expresión al piano romántico, pero la sensación sigue siendo de Bach y de la rigidez barroca. Y el tema del tercer movimiento es una de las composiciones más hermosas de Beethoven, posiblemente la más hermosa. Recuerda a las Variaciones Goldberg en la forma en que el tema vuelve al final. Es la única vez en su vida que Beethoven hizo algo así”.
Antes de grabar su álbum, Ólafsson aprendió unas valiosas lecciones tocando un piano Broadwood perteneciente al Peterhouse College de Cambridge. El instrumento, fabricado en 1816 y restaurado recientemente, es casi idéntico al que se entregó a Beethoven en Viena dos años antes de escribir su Op. 109. “Cambió mi forma de pensar en la música, especialmente cómo Beethoven anotaba sus sonatas tardías, con indicaciones extremas de dinámica, de articulación y de todo. Aunque prefiero el piano moderno, este instrumento posee una gran belleza. ¡Me encantó! Pero hay que tocarlo con un grado extra de claridad. Quizá esas indicaciones en la partitura aparentemente tan extremas vienen de ahí. Quizá haya que traducir parte de eso a la realidad del piano moderno”.
Ólafsson recuerda que Bach y Beethoven estaban arraigados en las convenciones formales de la música, pero sin estar limitados por ellas. “Lo que hace que Beethoven sea Beethoven es que siempre cuestionó cada elemento de cada pieza que escribió, o al menos en el 95 % de sus obras”, dice. “No da nada por sentado. Y yo diría que Bach hace lo mismo en su Partita, pero Beethoven es el primer compositor en enfrentarse al marco y preguntarle: ‘¿Quién eres tú para encarcelarme?’”.
Las tendencias a romper moldes también afloran en la Sonata para piano n.º 6 de Schubert (1817), compuesta apenas tres años después de la Sonata Op. 90 de Beethoven. Víkingur Ólafsson rechaza la sugerencia de que la obra de dos movimientos de Schubert esté incompleta y desestima los intentos de editores posteriores de ampliar la obra con otras piezas del compositor. "Llevaría esto a los tribunales", asegura. “Creo que está completa en dos movimientos. Esta sonata, escrita poco después de la Op. 90 de Beethoven, es claramente un guiño al gran maestro. Estoy convencido de ello. ¿Por qué no podemos tener una sonata en dos movimientos? Especialmente cuando habla tan claramente de los dos movimientos de la Op. 90 de Beethoven. Estoy esperando a que alguien me diga que estoy equivocado, pero nadie lo ha hecho aún. Ya veremos”.