Boris Giltburg es una rara avis en el mundo de la música, pues siempre está dispuesto a llevar sus hercúleas habilidades técnicas al extremo en una intrépida búsqueda de revelaciones artísticas profundas. Como se puede apreciar en la grabación, el público del Wigmore Hall guardó un silencio casi monacal (si acaso roto solo por alguna que otra tos) y conectó enormemente con la inigualable destreza del artista.
Escucha la emoción que genera al final de la Sonata para piano n.º 8, Op. 13, la “Patética”, de Beethoven, una de las piezas para piano solo más conocidas, que desgraciadamente se suele interpretar con cierta monotonía. Esta interpretación, no obstante, está llena de contrastes dramáticos y particularidades arrebatadoras, como las escalas en staccato y los fervorosos arpegios que nos regalan los oídos justo antes de que suene por tercera vez el tema principal del movimiento.
Asimismo, Giltburg se presenta como un férreo paladín de la Sonata para piano n.º 4 y nos hace cuestionarnos por qué una pieza de semejante brillantez inventiva y audacia emocional es tan desconocida. Su mente, su corazón y sus manos se entrelazan a la perfección en la fascinante interpretación de la Sonata para piano n.º 26, “Les Adieux”, en la que proyecta el vasto rango emocional de la obra con una claridad formidable y una sensibilidad extraordinaria ante la variabilidad de sus matices.