Quinteto para Piano n.º 2 en la mayor
B 155, Op. 81
La cosecha y los desenfrenados festines en su honor son el punto de partida de “Otoño”, el tercer concierto para violín de Las cuatro estaciones de Vivaldi. Si la naturaleza domina las otras estaciones, el otoño se caracteriza por los pasatiempos y placeres humanos. Bajo la música, se intuye el zapateo al que invitan los ritmos del “Allegro”. El violín solista propone una danza sencilla y, a medida que corre el vino, las melodías cobran un tono de exuberante ebriedad antes de que las bravatas den paso a la melancolía y un breve retorno de la danza inicial. “Los borrachos duermen”, escribió Vivaldi en la partitura del movimiento lento. Las cuerdas sostenidas tejen una plácida ensoñación sobre el clave, cuyos acordes sugieren la respiración de los durmientes. El galope del movimiento final nos arrastra a una escena de caza con perros y caballos, la llamada de los metales y los gritos estridentes de los cazadores en la entrada del solista. Las escalas explosivas y la agitación de la orquesta anuncian la presa herida, mientras que las semicorcheas de las cuerdas dan cuenta de su captura y muerte. Acerca de Las cuatro estaciones Desde una repentina tormenta primaveral hasta el sofocante calor estival, y desde las canciones y danzas de la cosecha hasta el gélido viento del cruel invierno, los conciertos para violín de Las cuatro estaciones pintan el vívido fresco musical de un año en el campo. Aparecieron publicados por primera vez como parte de la colección l cimento dell'armonia e dell'inventione en 1725, pero siempre se han distinguido del resto por su carácter descriptivo en una época de abstracción, una banda sonora que se adelantó casi dos siglos la invención del cinematógrafo.
