Concierto para violonchelo en mi menor

Op. 85

A diferencia de muchos de sus compatriotas, el inglés Edward Elgar fue consciente desde el primer momento del desastre que acarreaba la Primera Guerra Mundial. Escribió algunas piezas patrióticas por entonces, pero sin la convicción que hasta entonces animaba su música. En su Concierto para violonchelo, terminado tras el fin de la guerra en 1919, refleja sin rodeos la destrucción del mundo que antes creía conocer. El solista abre el primer movimiento con un estilo rotundo y audaz, pero su interlocutor no es una de las grandes orquestas típicas del romanticismo tardío, sino un modesto quinteto de viento cuyas preguntas terminan con un acorde apagado de cuerdas. El inquisitivo desánimo del violonchelo y las cuerdas fantasmales que lo acompañan anuncian que estamos en territorios lejanos y desconocidos. Con el scherzo del segundo movimiento llegan pasajes más luminosos que se disuelven en la melancólica contemplación del tercero. La atmósfera sombría con la que arranca el cuarto movimiento encuentra la resistencia del violonchelo, que parece anunciar un final exuberante en forma de danza. Sin embargo, la desesperación del solista no encuentra consuelo y termina liberando la angustia que palpita bajo la estoica superficie del concierto antes de evocar bruscamente la danza anterior y bajar el telón.

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