Lohengrin

WWV75

La descripción de Wagner de Lohengrin (1850) como “ópera romántica en tres actos” no podría ser más precisa. El libreto nos sumerge en un drama de caballería, amor cortés y magia negra ambientado en el esplendor del Flandes medieval. Elsa de Brabante es tan pura y virtuosa como crueles sus rivales Ortrud y Telramund. Falsamente acusada de asesinato, reza por un héroe que defienda su honor y, milagrosamente, un caballero aparece en escena sobre una barca guiada por un cisne. El bien triunfa y el amor florece, pero, al igual que en los mejores cuentos de hadas, Elsa debe prometer no preguntar nunca cuál es el nombre de su salvador. Wagner ilustra la historia con colores brillantes, pasajes que evocan las ceremonias de la corte del rey Heinrich, grandes escenas corales (entre ellas, el famoso “Coro nupcial”) y las radiantes arias de Elsa y su caballero. En el otro extremo, la música se torna oscura y apremiante en las apariciones de Ortrud y Telramund. Es posible encontrar en Lohengrin un punto intermedio entre los primeros éxitos de Wagner y el mundo mítico del ciclo de El anillo del Nibelungo, pero su deslumbrante preludio se cierne como un hechizo sobre toda la obra.  Lo que Wagner pone sobre la mesa es algo que trasciende los detalles formales y aborda cuestiones intemporales sobre la fe, la redención y el poder (y el precio) del amor.

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