Cuarteto de cuerdas en fa mayor

M.  35

Ravel compuso esta obra cuando tenía veintitantos años, mientras terminaba sus estudios en el Conservatorio de París. Exquisitamente diseñada, se suele considerar su primera obra maestra. En el solo de la pieza para piano Jeux d’eau (Fuentes, 1901) el compositor demostró su matizada comprensión del color y la armonía, mientras que en su Pavana para una infanta difunta (1899) expresó su amor por España evocando una danza que la princesa a la que refiere el tema pudo haber bailado en una corte española en días pasados. En Cuarteto para cuerdas (1903), estos impulsos se unen con mayor determinación. La pieza se compara a menudo con el Cuarteto para cuerdas (1893) de Debussy, ya que hay similitudes entre ambos. En la tradición del Romanticismo tardío, ambos compositores arreglaron sus obras de cuatro movimientos en torno a temas cíclicos. Las ideas musicales resurgen y ayudan a unificar cada movimiento. Al igual que Debussy, Ravel exploró las escalas modales y una amplia gama de colores y texturas. Aunque Ravel se inspiró claramente en el cuarteto de Debussy, este se mostró alentador con la composición de su colega. Aquí hay mucho por disfrutar: el refinado lirismo del primer movimiento; los juguetones ritmos de las cuerdas en el pizzicato del animoso segundo movimiento; el sensual tercer movimiento en forma de nocturno y las vivaces frases de su vigoroso final.