El luminoso optimismo del Octeto contrasta con el angustioso momento físico y mental por el que Schubert atravesaba en 1824, el año en que terminó la partitura. Su duración, de más de una hora, la convierte en la obra de cámara más larga del austriaco y una de las más inspiradas. Con solo ocho instrumentos, Schubert crea movimientos de gran envergadura sinfónica, adquiere majestuosas variaciones y es capaz de alcanzar una perfecta intensidad dramática. Esta versión, fabulosamente grabada, es una referencia ya imprescindible, plena de ingenio, pasión y encanto.