A menudo ponemos especial atención a las obras tardías de los compositores, aquellas escritas al final de sus vidas, como si fueran el testamento sonoro de toda una existencia. Los últimos cuartetos de Beethoven o las sinfonías finales de Mahler se alzan, sin duda, como cumbres de la creación musical. Sin embargo, ¿qué ocurre si cambiamos nuestra perspectiva y dirigimos la atención a sus primeras composiciones? En Opus 1, la pianista Anna Geniushene nos invita a descubrir ese terreno lleno de promesas al reunir las primeras páginas de Chopin, Chaikovski, Clementi, Schumann, Brahms y Berg, donde ya se intuyen los primeros destellos de su camino artístico.
“Me fascinan los comienzos y lo que impulsa a los compositores a crear música”, confiesa Geniushene a Apple Music Classical. “Con frecuencia, dar ese primer paso supone un desafío enorme. Quería comprender mejor los inicios de estas vidas que hoy nos resultan tan familiares”. El Rondo en do menor, Op. 1 (1825) de Chopin, escrito cuando apenas tenía 15 años, ya muestra las audaces exploraciones armónicas y formales que más tarde definirían sus sonatas. Aunque la obra está repleta de melodías y ornamentos refinados, todavía se acerca al clasicismo de Mozart o del primer Beethoven y se percibe en ella el lirismo íntimo y la melancolía contemplativa que marcarían su estilo. En ese sentido, dialoga con naturalidad con la elegante Sonata en mi bemol mayor, Op. 1 n.º 1 de Clementi, publicada en 1771 como parte de un conjunto de seis piezas. Era una creación que no solo señalaba un nuevo rumbo para su autor, sino también para el propio piano, entonces un instrumento joven que irrumpía con fulgor en el mundo musical.
No todos emprendieron tan temprano su camino. Chaikovski, por ejemplo, rondaba la veintena cuando decidió dar un giro radical y abandonar el Derecho para entregarse a la música. Las 2 Piezas reunidas aquí, publicadas en 1868, nacieron en una etapa en la que el compositor ejercía como profesor en el Conservatorio de Moscú. El desenfadado “Scherzo” respira aires de canción popular rusa, ligero y juguetón, mientras que el “Impromptu” revela un carácter mucho más introspectivo. De hecho, fue precisamente esta última obra la que sirvió de inspiración para este proyecto: “Me encanta esta pieza”, confiesa Geniushene. “Creo que guarda un sorprendente parecido con ‘Subterranean Homesick Alien’ de Radiohead”.
Schumann eligió un camino poco habitual para sus Variaciones sobre el nombre “Abegg”, compuestas a los 18 años a partir de un enigmático código musical. El motivo “A-B-E-G-G” se ha interpretado como un homenaje a la condesa Pauline von Abegg… o quizá a una figura inventada por la imaginación del joven compositor. Esas cascadas de notas y melodías llenas de expresividad anticipaban ya la huella inconfundible que dejaría en su obra más madura. Sin embargo, los primeros pasos de un creador no siempre marcan un estilo a seguir: en el caso de Berg, su Sonata para piano Op. 1, compuesta durante su etapa de aprendiz de Schoenberg, adelanta la modernidad que estaba por llegar, pero destaca especialmente por el apasionado romanticismo que la impregna. “Es una de las sonatas en un solo movimiento más bellas jamás escritas”, asegura Geniushene.
“Se necesita valor para mostrar algo verdaderamente propio cuando aún no se te reconoce como compositor; ese instante decisivo fue lo que más me cautivó”, concluye Geniushene, quien mantiene además una conexión muy personal con la idea que vertebra este álbum. “Nací el 1 de enero de 1991”, comenta entre risas, “así que, de alguna manera, yo misma soy un Opus 1”.