Sinfonía n.º 9 en do mayor

D 944 · “La grande”

Aunque la terminó en 1826, Schubert no llegó a ver ninguna interpretación pública de su Sinfonía n.º 9. En aquella época fue considerada demasiado larga y compleja desde el punto de vista técnico, e incluso se llegó a la conclusión de que era imposible tocarla. Esto cambió cuando Schumann visitó Viena en 1838 y Ferdinand Schubert, hermano del compositor, le mostró la partitura manuscrita de la sinfonía. Profundamente impresionado, Schumann se la enseñó a su vez a Mendelssohn, quien la dirigió por primera vez en el auditorio Gewandhaus de Leipzig en 1839. La sinfonía pronto fue conocida como la “Grande” para diferenciarla de la anterior Sinfonía n.º 6, escrita en la misma tonalidad (do mayor) y denominada la “Pequeña”. Con el tiempo, sin embargo, el sobrenombre oficioso de la novena pasó a considerarse un merecido tributo a las épicas dimensiones de la obra y a sus muchas innovaciones. El primer movimiento empieza con una tranquila introducción sin acompañamiento para dos trompas al unísono, que se traduce al instante en una sensación de amplitud y enormidad. A la sección principal del “Allegro ma non troppo” le siguen un segundo movimiento en la menor, “Andante con moto”, y un tumultuoso “Scherzo”. Por último, llega el “Allegro vivace”, cuyo implacable ímpetu se sustenta en la insistente repetición de la figuración de las cuerdas. Esto es lo que en su día dio a la sinfonía la reputación de “imposible de tocar” y el motivo por el cual se la sigue considerando extraordinariamente exigente por quienes la interpretan.

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