Quinteto de cuerdas n.º 5 en mi mayor
G275, Op. 11/5
En 1883, el editor italiano Edoardo Sonzogno anunció una novedosa y audaz iniciativa, un concurso para descubrir nuevos talentos operísticos que invitaba a participar con obras de un acto a los jóvenes compositores italianos que aún no hubieran visto alguna de sus óperas representada en el escenario. Las tres mejores se estrenarían en Roma, financiadas por él mismo. El concurso rechazó a Puccini y seleccionó las hoy desconocidas Labilia, de Niccola Spinelli, y Rudello, de Vincenzo Ferroni. Sin embargo, el tercer ganador del concurso sí pasó a la historia. Cavalleria rusticana (1890), de Pietro Mascagni, lanzó un nuevo estilo de ópera que definiría a una generación y culminaría con los triunfos de La bohème y Tosca, de Puccini. El autor del libreto, Giovanni Verga, ya había causado sensación en 1880 con un relato, más tarde obra de teatro, que presenta un triángulo amoroso ambientado un Domingo de Pascua en un pueblo siciliano donde vidas y pasiones desembocan en una espiral de seducción, infidelidad y asesinato. Cambió la aspiración aristocrática y la prosa florida por el realismo sin ambages. Mascagni hizo suya esta premisa, junto con el argumento, y creó la primera ópera del verismo realista. La melodía es la fuerza motriz de una obra que difumina la línea que separa la emoción cruda de la canción, abriéndose con música folclórica siciliana y alcanzando su clímax en el elevado “Intermezzo” orquestal, en el que las cuerdas insisten en el tema del himno. Otros momentos memorables incluyen la confesión conmovedora de la heroína Santuzza en su aria “Voi lo sapete, o mamma” (Tú lo sabes, oh mamá) y la emotiva despedida de su amado Turiddu a su madre en “Mamma, quel vino è generoso” (Mamá, este vino es generoso).
