Sonata para piano n.º 21 en si bemol mayor

D 960

Cuando empezó a escribir sus últimas tres sonatas para piano en la primavera de 1826, Franz Schubert parecía tener un deslumbrante futuro por delante. En marzo, el éxito de una velada dedicada a su música en Viena le permitió pagar sus deudas y comprar un piano nuevo. Por desgracia, fue demasiado tarde. El 26 de septiembre, poco antes de que la sífilis acabara con su vida, firmó los manuscritos de las sonatas y las tocó en una reunión social al día siguiente. Las frases atemporales de su Sonata para piano n.º 21, D. 960 (1828), el punto final de la serie, transmiten una agridulce satisfacción que no parece la de un hombre de 31 años al borde la muerte. Sin embargo, hay un trasfondo perturbador que asoma en la serenidad del tema principal del primer movimiento, interrumpido en dos momentos por ominosos trinos. La estructura A-B-A del “Andante sostenuto” se mueve entre la desesperación melancólica y la meditación onírica, pero todo cambia en el “Scherzo”, un movimiento vertiginoso que evoca un mundo idílico a años luz del resto de la partitura. El unísono con el que empieza el último movimiento regresa en varios momentos, como si la música necesitara tomar aire antes de continuar su suave fluir. La coda final suena inesperadamente confiada, como si Schubert hubiera decidido enfrentar su destino con renovado optimismo.

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