Cuarteto de cuerdas n.º 1 en si menor

Op. 11

Cabe preguntarse hasta qué punto podría considerarse la pieza más popular de Ravel como una precursora temprana del minimalismo. Ciertamente, la continua repetición de los matices orientalistas y los apremiantes ritmos del tema de su Bolero tiene mucho que ver con las hipnóticas cualidades de la música surgida de los experimentos con cintas magnetofónicas de Steve Reich y Terry Riley en la California de los 70. El interés por las máquinas y la tecnología, elemento esencial del minimalismo, tiene también su conexión con la obra de Ravel, pues este quiso ambientar su estreno en la Ópera de París en 1928 con una fábrica como telón de fondo. Ese hipotético guiño a su admirada obra Carmen finalmente se perdió, pues Alexandre Benois ambientó el montaje bailado por Ida Rubinstein y coreografiado por Bronislava Nijinska en un café de Barcelona. El éxito instantáneo del ballet hizo que este no tardase en cobrar vida orquestal propia, estrenándose bajo la batuta de Arturo Toscanini en 1929. Los desacuerdos sobre el tempo entre el director y el compositor, que prefería una interpretación más lenta, no hicieron sino añadir publicidad al Bolero, aclamado unánimemente en su doble dimensión de ballet y pieza del repertorio sinfónico.

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