Las seis suites para violonchelo solo de J. S. Bach se encuentran entre las creaciones más exquisitas del compositor, y también entre las más enigmáticas: no sabemos para quién, cuándo ni por qué las escribió. No se conservan los manuscritos originales y, en las cuatro copias que han llegado hasta nuestros días, no hay indicaciones de tempo ni de dinámica, y apenas alguna de fraseo: eso abre un universo infinito de posibilidades interpretativas.
“Durante años, busqué mi propia forma de interpretar a Bach”, cuenta Anastasia Kobekina a Apple Music Classical. “Cada maestro con el que trabajaba tenía su manera particular de interpretarlo, y no sentía que la música fuera del todo mía, hasta que empecé a tocar el violonchelo barroco”. Al descubrir la práctica interpretativa del Barroco (con el uso de cuerdas de tripa auténticas en lugar de las cuerdas entorchadas de acero modernas), la violonchelista rusa comenzó a liberarse de las rígidas tradiciones de sus maestros y colegas. “Poco a poco fui aprendiendo el lenguaje barroco, su dialecto, y me fui adaptando a las cuerdas de tripa. Tocar un acorde en tripa es muy distinto a hacerlo en acero, y eso también determina el tempo y la articulación. En la música barroca puedes tocar de forma desatada o recogida, y ambas son válidas. El vocabulario es más amplio que en el repertorio romántico”.
La grabación de Kobekina de las seis suites posee una libertad expresiva y una intimidad frágil que quizá solo se puede lograr con cuerdas de tripa. Los pianissimo susurran, los forte florecen, mientras que los registros graves de sus dos violonchelos Stradivarius transmiten una riqueza aterciopelada. Kobekina estira y moldea los tempos, a menudo desligando la música por completo del compás, un enfoque rapsódico que suena más a devoción privada que a interpretación pública. En otros momentos, como en los Minuetos y la Giga de la Suite n.º 2, o en la Allemande de la n.º 3, la música corretea con despreocupación y alegría, y su danza es más rústica que cortesana.
“En general, la Zarabanda es un movimiento en el que siento que puedo crear cierta atmósfera”, asegura Kobekina. “Quizá sea por su pulso, que da tanto juego. Y la Zarabanda de la Quinta Suite es absolutamente única. No hay nada parecido. Sentí una gran presión cuando grabé dos piezas: el Preludio de la Primera Suite, porque es muy conocido, y la Zarabanda de la Quinta, porque es muy diferente a cualquier otro movimiento de las suites”.
Aun así, Kobekina parece totalmente cómoda con esta música, lo que probablemente se debe en parte a las circunstancias de la grabación. Originalmente, habían reservado una iglesia en Berlín, pero a causa de unas reformas, las sesiones solo se podían hacer de noche. “Entonces pensé que esta música no estaba escrita para tocarse en una iglesia”, afirma Kobekina, “¿así que por qué no ir a un lugar donde me sintiera más cómoda?”. Finalmente, el álbum se grabó en una sala de cámara de 100 butacas construida en la casa de los padres del ingeniero de sonido. “Tenía una decoración antigua preciosa, como un pequeño teatro, pero estábamos en una casa. Podía ir de mi dormitorio a la sala con solo cruzar una puerta”. Al no tener que desplazarse hasta el estudio y disfrutando de comida casera, se creó un ambiente relajado perfecto para estas obras tan personales. “También había un lutier en la casa de al lado que nos dejó probar varios arcos. Fue un proceso muy creativo”.
Todas las suites de Bach exigen excelencia técnica y musical, pero hay dos que plantean dificultades especiales. En primer lugar, la Suite n.º 5 requiere una técnica llamada scordatura, que exige al violonchelista bajar la cuerda de La un tono a Sol. Esto permite tocar acordes que serían imposibles de otra forma. “En la época de Bach, era una práctica muy común cambiar la afinación”, asegura Kobekina. “No había tantas ideas fijas, y el margen de experimentación era mucho mayor. Pero no deja de ser complicado, y siempre da un poco de vértigo tocarla en público”.
En segundo lugar, está ampliamente aceptado que la Suite n.º 6 fue compuesta para un instrumento de cinco cuerdas, ya que su tesitura es tan alta que resulta difícil de alcanzar con cuatro, incluso para los mejores intérpretes. “No se especifica el tipo de instrumento, solo se hace referencia a uno de cinco cuerdas”, cuenta Kobekina. “En mi caso, elegí un violonchelo piccolo con una quinta cuerda, aunque no fue fácil dar con una cuerda de Mi con buen sonido. Pero tuve suerte y, justo un mes antes, encontré el instrumento que utilicé para la grabación. Me sentía feliz e inspirada. Me lo pasé muy bien grabando con el violonchelo piccolo porque era algo distinto. Fue muy divertido”.